Mostrando entradas con la etiqueta política internacional. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta política internacional. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de agosto de 2009

América del Sur en la encrucijada del siglo XXI.


Superpoblación, recursos y amenazas para la región.

por Sebastián Casco*


1. Cuestiones demográficas generales.

El despuntar del siglo XXI encontró al planeta tierra con una población mundial estimada en los 6.000 millones de seres humanos. Cifra, que si bien lanzada al aire mucho no nos dice, impresiona al compararla con los 1.600 millones de comienzos de siglo XX, y sin duda da qué pensar al medirse con los escasos 500 millones del siglo XVI. Pasándolo en blanco, esto significa que la población del mundo creció un 375% en los últimos 100 años, y que en números absolutos se traduce en un aumento de 4.500 millones de personas.
La ONU, entre otros organismos internacionales de reconocido prestigio estadístico, proyecta que en apenas 16 años, la población planetaria superará los 8.000 millones, y posiblemente para mediados de siglo la cifra llegue a los 10.000 millones.

De esta serie de datos es que nos sale al cruce un inevitable interrogante: ¿Cómo se mantendrá una población mundial creciente en un mundo finito y de recursos escasos?

2. Agua y alimentos.

a- Según el World Water Symposium, en la actualidad el 20% de la población mundial (es decir 1.200 millones de personas) sufre la escasez de agua, y otros 500 millones más se aproximan de manera inmediata a la misma situación (1). Jacques Diouf, Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación -FAO por sus siglas en inglés- , nos informa que para el 2025 más de dos tercios del planeta podría encontrarse en severas condiciones de escasez de agua potable (2).

b - Según la última rueda de prensa de la FAO (junio 2009), existen 1020 millones de personas en el mundo que padecen hambre crónico (3). Para el 2030, según el Banco Mundial, es probable que la cifra que se acerque a los 1800 millones de personas, principalmente si se tiene en cuenta que el problema de la escasez del agua y el alimento van de la mano: el 70% del consumo de agua actual se destina a la agricultura (habiendo inclusive países en desarrollo que llegan a destinar el 90 por 100). De esta manera, el avance progresivo de la desertificación, que a su vez se ve agravado por el cambio climático, tornará el suelo de diversas regiones áridas del planeta incultivables. Indicadores inequívocos de esto son el empobrecimiento de las capas freáticas subterraneas y la reducción de los lagos, riós y glaciares a escala global.

Por todo lo dicho, no parece difícil sostener que el siglo XXI será un siglo de intensas tensiones sociales a nivel planetario derivadas de una profunda escasez de recursos y medios para reproducir la vida humana. El número de refugiados climáticos posiblemente se dispare como nunca antes en toda la historia del hombre, y de allí que las polaridades se agudicen. Basta con pensar que del numero total de la población mundial actual (6.000 millones), sólo 1.000 millones corresponden a los países llamados desarrollados (que concentran aproximadamente el 70 % de la PBI mundial (4)), y las restantes 5/6 partes de la población mundial a los países pobres. Si se tiene en cuenta además que el crecimiento poblacional se debe a África, Medio Oriente, Asia e Iberoamérica, las proyecciones dificilmente pueden ser optimistas. Es de esperar que miles de millones de personas se desplacen de una parte del mundo a otro, o al menos intenten hacerlo.

3. Suramérica en la encrucijada mundial.

Dos noticias para América del Sur. Una buena y una mala.

La primera es que en términos generales, potencialmente la región se encuentra mejor posicionada que ninguna otra en el mundo para hacer frente a los problemas que se avisoran. Fundamentalmente, es un subcontinente escasamente poblado en un mundo superpoblado (361 millones, es decir el 6,01 % de la población mundial); segundo, es el bloque que más alimentos produce y exporta en un mundo hambriento y por último, tiene la primera reserva mundial de agua dulce: el acuífero Guaraní, calculado en unos 1.190.000 kilometros cuadrados. Además, cuenta con importantísimas reservas de petróleo (cuenca del Orinóco en Venezuela y pozos off-shore descubiertos recientemente por Brasil), gas (región andina) y, diversidad de minerales estratégicos en cantidad (Chile, Bolivia, Argentina y Brasil).

La mala noticia deriva de la buena. La concentración de riqueza y recursos naturales que la región tiene a su disposición, la transforma en una tentadora presa. Quizá sirva entonces recordar, que el siglo XXI fue inagurado con una guerra en Oriente Medio por armas bactereológicas que nunca fueron encontradas, al tiempo que el petroleo era bombeado hacía el Golfo Pérsico y de allí a los países que más demandan crudo. Blood for oil...

4. Amenazas para la región y el mapa geopolítico.

En la medida que no se profundicen los proyectos que tiendan a construir un espacio suramericano autocentrado (5) las posibilidades de hacer frente a las amenazas del futuro irán decreciendo pavorosamente. "¿Por qué?" preguntará algún desconfiado. Porque tenemos mejores probabilidades de enfrentar unidos y coordinados un desafío que nos es común, que abordarlo cada uno por su cuenta. El viejo aforismo: “de la unión nace la fuerza”, no sólo es un slogan bonito. Encarna en nuestro caso una realidad vital. La situación actual suramericana es apremiante simplemente porque habitamos un suelo que con el correr de los años, se irá tornando cada vez más codiciado por todos. En este sentido, las principales amenazas identificables que enfrenta la región son dos: la Unión Europea y los Estados Unidos (6).

a- América del Sur se encuentra sitiada por Europa. Basta tan sólo una ojeada a vuelo de pájaro de un mapa regional para corroborarlo. Se trata de un inmenso collar estratégico de enclaves franco-británicos que nos rodea: las islas Pittcairn en el oceano Pacífico, las Islas Malvinas e Islas Georgia en el Atlántico Sur, las islas Tristan de Cunha, Santa Helena y Ascensión por el este en el Atlántico, y cerrando al norte con casi una decena de islas británicas en el mar Caribe. Si se suma a esto la presencia de la colonia francesa en el continente (Guayana francesa), la isla de Clipperton en el pacífico norte, la polinesia francesa en el Pacífico sur y otras posesiones francesas menores en el Caribe sur, tenemos como resultado un círculo europeo gigante que nos envuelve.

Por lo que respecta a control del espacio y disponibilidad de recursos, los más importantes de estos enclaves europeos sin duda son las Islas Malvinas y las Georgia. Geopolíticamente, no sólo son la llave interoceanica entre el Pacífico y el Atlántico, sino que además, desde esas posesiones Gran Bretaña realiza su proyección antártica y el dominio de aguas territoriales por una extensión de más de 2 millones de kilometros cuadrados. Pesca de altísimo valor, nódulos polimetálicos y petróleo son los recursos en disputa. De allí que en Monte Agradable, en la Isla Soledad, se encuentre una de las ocho bases más grandes de la OTAN, con una capacacidad para 1500 hombres.

b- En noviembre del 2007, el Gobierno de Lula da Silva, anuncía el descubrimiento de una inmensa cuenca de petroleo offshore a 7000 metros de profundidad. Menos de 9 meses después, el gobierno de Estados Unidos anuncia que volverá a poner en circulación la IV Flota de Mar, desactivada hace 59 años en el marco del fin de la segunda guerra mundial. Los motivos que la impulsan -dicen desde el norte- es cooperar en el combate al narcotráfico, el terrorismo y promover la ayuda humanitaria. Para ello, un flota de 11 embarcaciones, entre ellos un portaaviones y un submarino nuclear, vigilará las aguas continentales (7).La flota está entrenada para operaciones en aguas azuales (oceano), verdes (litorales) y marrones (ríos internos).

En este sentido, la última novedad en lo que a defensa regional hace, es el anuncio por parte del presidente de Colombia, Alvaro Uribe, de la instalación de unas 3 bases militares norteamericanas en el oriente colombiano. Es decir, bien próximo al petroleo venezolano. Como es hoy de público conocimiento, esto último ha sido denunciado por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y será el motivo de la próxima reunión de la Unasur en Bariloche. ¿Blood for...?

5. Notas finales.

Suramérica se encuentra en un punto bisagra. Se trata de una región inmensamente rica en todos los recursos que en menos de 20 años serán realmente escasos. De allí que los motivos y pretextos que sirván para justificar una injerencia extranjera en el continente se estén entretejiendo en la actualidad.

Si en Irak el recurso al que recurrieron fueron "las armas de Hussein", en Suramérica los motivos que podrán invocar son: narcotráfico (el "Plan Colombia" y las operaciones de desestabilización en el Chapáre boliviano son ejemplos claros), terrorismo islámico (la triple frontera, casualmente ubicada en el corazón del acuífero Guaraní, como refugio de celulas musulamanas extremistas), la relación de los "regímenes populistas" con los países considerados "Eje del Mal" (concretamente Irán), o una intervención militar extraregional desatada por un conflicto intra-américano (presumiblemente Colombia y algún país limítrofe). Y, si bien los argumentos que se puedan invocar son varios, además de los ya citados, de todos los posibles métodos, el políticamente más viable, seguro, económico e higíenico es el recurso más viejo y conocido en la región: la utilización de gobiernos cipayos al servicio de los intereses foraneos. En este sentido, es necesario prestarle atención a la vieja oligarquía suramericana que avanza en la actualidad por todos los flancos.
Hace 60 años, uno de los conductores políticos más grande de Suramérica, lo expuso en los siguientes términos: "El siglo XXI nos encontrará unidos o dominados" (8). Es hora de estrechar filas.



PS: "... hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez..." dice una de las celebres sentencias de la proclama insurrecional de la Junta Tuitiva de 1809 de la ciudad de La Paz. 200 años más tarde, no volvamos a permitirlo.


* Licenciado en Relaciones Internacionales (UCA), docente universitario e investigador del Instituto de Formación Política Raúl Scalabrini Ortiz.

---------------------------
Notas y referencias bibliográficas
(1) Citado en: La Tierra explota, Giovanni Sartori, ed. Taurus, Argentina, 2003.
(2) Entrevista con Jacques Diouf, "Enfrentar la escasez de Agua", ver en http://www.fao.org/newsroom/es/focus/2007/1000521/index.html
(3) El informe sobre el hambre en 2009 de la FAO, conocido por sus siglas en inglés SOFI, será publicado en octubre próximo. Ver http://www.fao.org/news/story/es/item/20568/icode/.
(4) Guerra y Paz en el siglo XXI, Eric Hobsbawm, ed. Memoria Crítica, Barcelona, 2007.
(5) Hacemos referencia a la escuela de pensamiento del Centros de Estudios Estrategicos Suramericanos (CEES). Para profundizar, ver: Pensamiento de Ruptura, Alberto Buela, ed. Theoria, Buenos Aires, 2008.
(6) Analíticamente dividimos esta amenaza en dos, pero va de suyo que se trata de una sola que se articula a través de la OTAN.
(7) http://www.telesurtv.net/noticias/contexto/380/el-regreso-de-la-iv-flota-un-mensaje-de-guerra-a-america-latina/.
(8) Los años peronistas (1943-1955), Colección Nueva Historia Argentina, Tomo VIII, dirección Juan Carlos Torre, ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2002.

lunes, 15 de junio de 2009

Construcción de un gran espacio suramericano*


Por Alberto Buela*
Agradecemos al profesor Buela por este y otros aportes de tenor semejante a nuestras inquietudes investigativas – I.F.P. “Raúl Scalabrini Ortiz”.

En estos días que venimos recibiendo varias solicitudes del extranjero sobre la integración suramericana (investigadores brasileños como Julia Nassif Souza de la revista de Sociología la Univ. de San Pablo, de nuestro traductor al ruso Vladislav Gulevich entre otros) nos parece adecuado realizar algunas precisiones fundamentales sobre el tema. Sobre todo en el desenmascaramiento de los intereses reales que mueven la geopolítica brasilera, desde siempre ambivalente.

En primer lugar nosotros proponemos dejar de hablar de integración, concepto que forma parte de lo políticamente correcto, para hablar de construcción de un gran espacio geopolítico autocentrado económicamente y políticamente soberano. La categoría de integración es un engaña pichanga ad usum becarios. Luego de 18 años desde el Tratado de Asunción de 1991 al presente, el Mercosur resultó ser sólo el instrumento de integración de las burguesías comerciales de Sao Paulo y Buenos Aires, y nada más. La construcción de un gran espacio supone una voluntad de poder que se enfrente y recorte los poderes mundiales actuales en tanto que la idea de integración implica sumarse a las ventajas relativas de la globalización. O hablamos en términos geopolíticos de construcción de un gran espacio o callamos.

En segundo lugar hay que dejar de hablar de América Latina que es un concepto que indica una rémora colonial franco-inglesa – ni los aborígenes son latinos ni los criollos lo somos- para hablar de Iberoamérica o de la América Indoibérica y así incorporar sin tapujos al Brasil. El latino americanismo es un concepto vago y estéril, ha sostenido con razón don Helio Jaguaribe. Geopolíticamente hablando, esto es, desde un realismo político, se debe hablar de Suramérica (Sud- América es un galicismo inadmisible a esta altura de la historia americana), pues México y Centroamérica son dominios consolidados de la potencia imperial talasocrática.

En tercer lugar la construcción es solo posible si podemos asegurar un heartland suramericano protegido por las líneas de tensión geopolíticas cuyos vértices tendrían que ser Buenos Aires, Brasilia, Caracas y Lima o Quito o Bogotá. Este último vértice es indistinto aunque hoy es preferible Bogotá. Esto es lo que hemos denominado “teoría del rombo” que venimos defendiendo desde hace una década.

En cuarto lugar aquellos que tienen y pueden aportar más, aporten más, pues si no se da una relación de reciprocidad no hay construcción de un gran espacio en Suramérica. Este es el principio fundante de todo gran espacio geopolítico, pues si uno de los miembros aporta todo se transforma en un imperio subregional y si todos aportan por igual es una ficción política. No tiene miras de realización.

Si, hipotéticamente, se tuvieran en cuenta estas cuatro instancias que proponemos habría que eliminar, finalmente, los presupuestos histórico-políticos de los miembros que la integran comenzando por el mayor aportante, que en este caso es Brasil con casi 200 millones de habitantes y el 38% del PBI de la región.

Y acá salta la liebre. Y aquí aparece la cuestión fundamental. ¿Quiere Brasil la construcción de un gran espacio autocentrado económicamente y políticamente soberano en Suramérica?
Todo indica que no, pero todo aparece como que sí. En apariencias Itamaraty a todos los proyectos dice que sí, pero en realidad obra en concreto rechazándolos. Su alianza principal es con los Estados Unidos como socio privilegiado, relación que lo ha transformado hoy día en gendarme de la región. Su asociación secundaria es con cualquiera de los países suramericanos. Esta distinción entre aliado y socio es fundamental para poder llegar a comprender en parte, a barruntar, cuales son los intereses profundos que mueven a Itamaraty. Brasil es aliado de USA y socio de Argentina o Venezuela o Uruguay.

Nos explicamos con un ejemplo: El Banco del Sur (también podríamos hablar de la integración militar, del la Comunidad suramericana de naciones, del Unasur, de los corredores bioceánicos, del gasoducto transamazónico, de la navegación de los ríos interiores de la América del Sur, etc.).

El Banco del Sur arrancaría con un capital inicial de 7.000 millones de dólares, la controversia respecto del aporte de los países accionistas impulsores de la idea radica que unos, como Brasil o Paraguay, proponen hacer aportes menores del orden de los 300 millones y otros como Ecuador, Venezuela y Argentina proponen aportes significativos. En una palabra, unos quieren que el Banco del Sur nazca chico y otro piensan en términos de grandeza.
La contradicciones surgen con las declaraciones de Guido Mantega, ministro de hacienda del Brasil, quien sostuvo que:“ la prioridad del Banco del sur será financiar proyectos de infraestructura, logística y energía” y recordó que “sólo el Banco de Desarrollo de Brasil tiene 120.000 millones de dólares para financiar al sector productivo de su país, en tanto que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) tiene sólo 100 millones de dólares para toda la región”.
¿Qué pretende entonces la intelligensia brasileña, crear un banco pobre esterilizando otra idea que puede servir para liberarnos, como lo hizo con la Comunidad Suramericana de naciones invitando a Surinam y Guyana, o sea, Holanda e Inglaterra a participar?
Esta idea del Banco del Sur, hay que decirlo con todas las letras la lanzó Chávez y le mostró sus beneficios a Kirchner, quien honesta y cabalmente la aceptó.
Brasil se sumó como se suma a todos los intentos de integración suramericana, no por su vocación integradora, sino porque Itamaraty (la cancillería brasileña: Su verdadero poder nacional) no descansa en su ambición de dominio. Y así, si los proyectos o ideas que se lanzan benefician su política permanente de “extensión al oeste” los apoya, de lo contrario los esteriliza, pero nunca los rechaza, pues su rechazo generaría una resistencia que no tiene por qué crear.
Esto hay que saberlo y nuestros gobiernos hispanoamericanos deberían alguna vez hacerlo notar. Brasil, a través de su cancillería Itamaraty, interpuso, interpone e interpondrá todos los recursos a su alcance para impedir la integración norte-sur o sur-norte de Suramérica, de modo tal que si hay algo que no desea ni quiere es la relación Caracas-Buenos Aires, y el Banco del Sur abona y refuerza esta integración.
Hace ya más de un siglo y a partir de los trabajos de don Tulio Jaguaribe, el padre de Helio Jaguaribe, el sociólogo que más influencia en el poder del Brasil ha tenido en estos últimos veinte años, los gobiernos de Argentina y Venezuela están solicitando al de Brasil avanzar en los trabajos para la integración fluvial del Suramérica sobre todo en la vinculación entre los ríos Paraguay –Guaporé a través del dragado de los ríos Alegre y Aguapey, atravesando la laguna Rebeca y el riacho Barbados y su respuesta siempre ha sido una dilación continuada.

Vemos como el Banco del Sur nos llevó a consideraciones que hacen al riñón de la geopolítica suramericana, a tratar de llamar a las cosas por su nombre y a correr el velo de las intenciones ocultas. El Banco del Sur es estrictamente hablando una idea metapolítica, pues va más allá de la limitación política partidaria y local para instalarse como categoría de condicionamiento de la acción política concreta futura del gran espacio suramericano.
Mientras tanto los seis países que inicialmente constituirían el Banco del Sur tienen presos 164.000 millones de dólares, en Bancos de USA y Europa, esto es, diez veces más de los créditos que recibimos con condicionamientos de todo tipo, durante el 2006.

El Banco del Sur si naciera grande se transformaría automáticamente en la expresión financiera de la Unión Suramericana lo que le permitiría negociar como bloque y no aisladamente con los poderes internacionales. La consecuencia natural del un Banco del Sur pensado en términos de grandeza sería la implantación de una moneda única tal como se propuso en la reunión del Mercosur, aquella a la que asistió Nelson Mandela, realizada en Ushuaia en 1999 y dilatada por Brasil sine die.
Es que Itamaraty no quiere una negociación en bloque, con una moneda única, con los poderes mundiales sino que desea negociar con Brasil como bloque con los poderes internacionales, esta es la madre del borrego. Quien no vea esto, mira sin ver.
Este ejemplo que hemos puesto es emblemático pues muestra como Itamaraty apoya y socaba al mismo tiempo un mismo proyecto. Nuestras cancillerías no se dan cuenta o no lo hacen notar, nuestros políticos menos pues pasan su vida en problemas internos y vuelos de cabotaje, ni qué decir de nuestros dirigentes sociales y culturales embelezados en un “latinoamericanismo” vacuo y falto de contenido.

En la construcción del gran espacio suramericano Brasil es Alemania y Argentina es Austria, pero la sumatoria de Venezuela, Perú y sobre todo Colombia equilibra la balanza. Hoy, a mediados del 2009, esta última opción, la opción Colombia es de singular importancia. Y si algún tonto de estos que nunca faltan pues stultorum infinitus est numerus nos dijera que es imposible, solo nos cabe responderle es conditio sine qua non en la construcción de un gran espacio suramericano reemplazar las criterios ideológicos por las relaciones geopolíticas o mejor aún: Metapolíticas.

La relación geopolítica de Argentina tiene que ser forzosamente con Brasil, pero para ello debe privilegiar las relaciones geopolíticas con Venezuela y Colombia más allá de los criterios ideológicos. Brasil tiene una gran ventaja sobre Argentina, su mayor potencial económico y militar pero al mismo tiempo tiene una desventaja geopolítica en la región, no puede tener ningún otro aliado de peso, sólo puede tener socios circunstanciales, pero Argentina si tuviera política exterior propia, sí que puede tener aliados. Y esta es la gran diferencia que juega a nuestro favor.

Socios históricos del Brasil lo han sido el Paraguay, Chile y Ecuador pero nunca llegaron a la categoría de aliados. Esta categoría es la que se quiso plasmar en el Tratado de Asunción con Argentina, pero no pasó de una asociación comercial. Así están las tensiones geopolíticas hoy en la América del Sur.

(*) arkagueta
alberto.buela@gmail.com
CEES (Centro de estudios estratégicos suramericanos) CGT
Dirección postal: Casilla 3198 (1000) Buenos Aires

domingo, 31 de mayo de 2009

Criterios de unidad


por Sebastián Casco*


Todo descubrimiento, solía decir Ortega con la simpleza y astucia que lo caracterizaba, no es más que un des-cubrir y un traer a la superficie aquello que se encuentra en el fondo. En lo que corresponde al campo de la Historia en tanto narración y representación del pasado, el fondo no es otra cosa que la suma de los elementos que, por un motivo u otro, quedaron excluidos del relato que conocemos de los hechos. El tejido de la historia oficial se hilvana por medio de la selección de determinados datos, que muchas veces distorsionados apuntan a construir la memoria colectiva de un pueblo sobre las bases de “ficciones orientadoras” e imágenes míticas (1). Entonces, dado que todo presente es condicionado por su pasado, es preciso interpelar a la historia para evitar que las distorsiones de los grandes relatos no ennegrezcan los proyectos del futuro.
Desde esta óptica, el artículo a continuación intenta presentar una serie de comentarios en torno a América Latina. En particular, resaltar que el uso autómata del vocablo Latinoamérica en el discurso público de las últimas décadas ha contribuido a que cayeran en el olvido una serie de cuestiones que precisan ser retomadas. O mejor dicho, des-cubiertas.

En primer lugar, el origen y la historia del término hoy son ampliamente ignorados. Si bien acuñado en 1856, por el chileno Francisco de Bilbao en el momento de una conferencia celebrada en París, y unos meses más tarde por el escritor franco-colombiano José Torres Caicedo en su celebre poema “Las dos Américas”, el término recién alcanzó extendida difusión en años posteriores.
Fue a partir de la impronta y utilización que desde 1860 le da Michel Chevallier, a la sazón ministro consejero de Napoleón III, que el término es utilizado por vez primera en un sentido estrictamente político. Basado en la idea de que la configuración racial europea se dividía en tres grandes grupos (eslavos al este, germanos al norte y latinos al sur), Chevallier impulsó un proyecto de expansión económica a nivel mundial, bajo la forma de una política exterior panlatina que colocaba a Francia a la cabeza de estos pueblos. Si bien corresponde a este período de la historia francesa acontecimientos como la construcción del Canal de Suez o la expedición en el sureste asiático, en lo referente al continente americano desde hace años que su situación ya no era favorable. Veía con suma preocupación el avance ininterrumpido de los Estados Unidos hacia al oeste “consumando” la idea del destino manifiesto, y temía seguir perdiendo posesiones en una región del mundo con tanto potencial de explotación, principalmente como proveedora de materias primas. Pero lo que es aun más, su mayor preocupación en realidad pasaba por los actos de injerencia que Estados Unidos comenzaba a desplegar en Centroamérica, ya que Francia pretendía concretar la construcción de un canal interoceánico en el istmo de Panamá. Fue así entonces, como con la deliberada intención de revertir la situación, y en el marco de este ambicioso programa político, el término Latinoamérica cumplía la finalidad ideológica de esconder las intenciones imperialistas de Francia en el continente. Napoleón III tenía el “deber moral” de responder al llamado de las nacientes repúblicas latinas allende el Atlántico. El hecho que únicamente una pequeña porción de la elite que conformaba el estamento superior de aquellas naciones pudiese ser considerado de origen latino, no presentaba en absoluto algún problema para los fines del mentado plan. Los indios, negros, mulatos y mestizos que conformaban el grueso de aquellas sociedades que aún guerreaban por consolidar aquel entramado de países que surgían de la desintegración de los virreinatos españoles, eran tan sólo un dato que quedaría oculto bajo la nueva designación -América Latina- que se iría haciendo común con el pasar de los años.
Aunque la historia ya sea conocida, fue bajo el auspicio de estas banderas que Francia desembarcó e invadió Méjico (1862-1867). Fue así, que las tropas de Napoleón III combatieron a los ejércitos del pueblo mejicano para colocar como emperador al archiduque Maximiliano de Habsburgo. Y si bien aquella experiencia de extender los dominios franceses en el continente se vio frustrada, el resultado más perdurable fue la aceptación y difusión del término América Latina como parte del argot político mundial.

Considerando el origen del vocablo en su primera acepción política, no debería entonces tomarnos por sorpresa que desde el punto de vista teórico-conceptual sea tan precario como impreciso. Es decir, ¿dónde es que empieza y dónde es que termina eso que comúnmente denominamos América Latina?

Al detenernos sobre ello se puede observar que, si bien la latinidad en el sentido racial a la que el concepto hacía referencia en un primer momento se veía limitada en rigor a una escasa porción de la elite de aquellos años, en la actualidad y luego de las migraciones masivas que se dieron posteriormente, el mismo elemento latino atraviesa hoy al continente de las más diversas formas. En los hechos, lo que esto crea es un espacio amorfo e ideal que se torna imposible de delimitar. Resulta que la utilización de un criterio lingüístico o cultural para agrupar en el continente a todas aquellas personas o grupos de origen latino, debería tomar en consideración, por ejemplo, a toda la porción franco-parlante de Canadá como así también a aquellos 40 millones de hispanohablantes que habitan hoy día los Estados Unidos (es decir, casi lo equivalente a la población argentina actual). Así, lo que se constata simplemente es que el intento de utilizar un criterio lingüístico, cultural o racial como base de un proyecto que pueda agrupar a los pueblos de esta región, se verá siempre truncado debido a la compleja heterogeneidad que caracteriza a nuestro continente. Es por ello que también términos como Iberoamérica, Indoamérica, Afroamérica, o si se quiere una suma de estos tres como ha intentado el mexicano Carlos Fuentes, adolecen a la larga del mismo problema.

Arribamos entonces al problema central que nos interesa plantear: ¿Cómo hemos de proyectar la construcción de un futuro que nos sea común si los términos con los que hemos de manejarnos proveen de antemano más confusiones y problemas que la ayuda que pueden aportar?

Porque -y sin lugar a dudas este es el mayor problema a la hora de utilizar el término- incluso aceptando que por convención digamos que América Latina es todo aquello que se encuentra al sur del río Bravo e incluye al Caribe tanto de origen español, francés, británico y holandés, el término continuaría siendo totalmente inoperativo a la hora de construir un proyecto político de integración regional. Es necesario comprender que hoy en día un proyecto de semejante envergadura simplemente no es realizable. ¿Cómo pretender que Méjico, país que comparte una extensa frontera con la nación más poderosa del globo, con todos los beneficios y riesgos que lógicamente ello implica, busque trazar un destino común con Estados tan lejanos al sur del continente como lo pueden ser Bolivia, Paraguay, Argentina o Uruguay? Simplemente acontece que el futuro de México está más ligado al norte que al sur. Y no sólo desde 1994, como se suele afirmar, año en que se conformó una zona de libre comercio entre Canadá, Méjico y Estados Unidos, sino que por el contrario la historia del continente testifica que desde el momento mismo en que se desataron los procesos emancipatorios en Hispanoamérica a lo largo del siglo XIX, los problemas y las amenazas que aquejaron a los pueblos de las distintas latitudes del continente no fueron los mismos.
Por lo tanto, en la medida que América Latina siga siendo el concepto en torno al cual giren todas nuestras reflexiones políticas, será difícil plantear procesos de integración que lleguen a buen puerto. Es necesario superar los criterios ideológicos que se encuentran aun vigentes, y reemplazarlos por otros de orden geopolítico que apunten a la solución de nuestros problemas y necesidades concretas. En este sentido, conviene empezar a pensar en otro término que sirva mejor a nuestros propósitos: la propuesta es Suramérica.


* Licenciado en Relaciones Internacionales (UCA), docente universitario e investigador del Instituto de Formación Política “Raúl Scalabrini Ortiz”.
Notas

(1) “Las ficciones orientadoras de las naciones no pueden ser probadas, y en realidad suelen ser creaciones tan artificiales como ficciones literarias. Pero son necesarias para darle a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional”. (Schumway, Pg. 14)


Bibliografía consultada

Buela, Alberto: - Ensayos de Disenso, Buenos Aires, Theoria, 2004.
- Pensamiento de ruptura, Buenos Aires, Theoria, 2008.

Phelan, John L: - El origen de la idea de América, México, UNAM, 1978.

Regalado, Roberto: - América Latina entre siglos, La Habana, Ocean Sur, 2006.

Rouquié, Alain: - Extremo Occidente: Introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1991.

Schumway, Nicolás: - La invención de Argentina. Historia de una idea, Buenos Aires, Emecé, 2005.


domingo, 26 de abril de 2009

¿Señales de cambio...? Sobre la cumbre del G-20

Por Sebastián Casco*

Cada vez son más las voces que anuncian con exaltación el arribo de la buena nueva. Se trata, claro está, del tan mentado Cambio de Era (en mayúsculas) que se abre tras la pasada cumbre del G-20 en Londres. Así, vemos por ejemplo cómo desde la prensa española nos informan del surgimiento de un “nuevo orden financiero mundial”, ampliamente consensuado y que sería la base para forjar un “capitalismo más prudente y solidario” (1). O, cómo desde México un analista económico resalta que el acuerdo superó “ampliamente todas las expectativas” dado que con éste “casi todos ganan”. Planteado tal escenario, nos interesa realizar las siguientes observaciones.

En primer lugar, detrás del complejo entramado que configuran las relaciones financieras interestatales, lo que se esconde en las sombras son relaciones crudas de poder. Por tanto, toda decisión, por más “técnica” y “neutra” que parezca, supone siempre una serie de beneficiados y otra de perjudicados. En este sentido, la historia moderna de la economía internacional es un claro testimonio de la pugna que se da entre los Estados por alcanzar una posición privilegiada dentro del concierto monetario mundial. Es que claramente los beneficios que derivan de transformarse en la moneda hegemónica son elevados y nada despreciables. Pues quién impone su moneda como aquella que se utilice para las transacciones diarias entre los países, como valor de reserva, y que en definitiva sirva de referencia obligada en la economía internacional, tiene en sus manos la potestad de escribir y borrar de facto las reglas del juego a su juicio y voluntad. Siempre y cuando el balance de fuerzas le sea favorable, el mundo marchará al ritmo que aquella moneda imponga.

A la luz de este criterio, una esquemática periodización de la historia financiera mundial nos permite distinguir dos grandes capítulos marcados cada uno de ellos por el dominio de una única moneda de referencia a escala global: si la libra esterlina fue la moneda rectora durante el período de tiempo que transcurre desde mediados del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra mundial, desde entonces y hasta la actualidad el dólar fue y sigue siendo la moneda de dominio mundial. Desde luego, el año 1945 simplemente es una fecha emblemática que se utiliza de corte. En realidad se trata de la culminación de un largo proceso de gestación que duró cuanto menos unos 30 años.

Por un período aproximado de más de medio siglo, la libra esterlina ostentó el poder hegemónico sin que moneda alguna le hiciera frente. Sin embargo, las rivalidades imperialistas europeas que cristalizan en la Gran Guerra de 1914 alterarán profundamente las relaciones económicas existentes hasta entonces. Es así como desde comienzos de la década del ´20, y con una presión creciente hasta el desenlace de la Segunda Guerra mundial, el centro económico del mundo se iría trasladando gradual pero irreversiblemente de Londres a Nueva York. Léase bien: el desplazamiento definitivo del poder de la libra al dólar se dio sólo después de dos guerras mundiales, dos grandes revoluciones comunistas (la rusa y la china), la Gran Depresión de los años ´30 con el consiguiente cambio en el modelo de acumulación de riqueza orientado ya no al comercio exterior sino hacia adentro, el surgimiento y caída del fascismo, y la gestación de la Guerra Fría. Claro debería resultar entonces, que los afamados acuerdos de Bretton Woods que dieron forma al andamiaje institucional de posguerra, no fueron más que el reconocimiento y la cristalización de un balance de fuerzas que situaron al dólar de manera definitiva como eje de la economía mundial.

El establecimiento de un nuevo ordenamiento mundial no es entonces producto de una mera conferencia ni mucho menos responde a una serie de acuerdos que de ella deriven. Por el contrario, todo orden mundial lejos de surgir como resultado de algún consenso mundial, se basa, al decir de Thomas Molnar, en el “[…] interés que tienen las grandes potencias de la época en imponer a las demás naciones ciertas formulas. Dichos intereses están simulados bajo una ideología mundialista, cuya encarnación es la organización supraestatal” (2). En este sentido la cumbre del pasado 2 de abril no fue más que un intento de administrar la profunda crisis que la economía internacional está atravesando y cuyo mayor interesado son los Estados Unidos. No sólo porque esta nación haya sido el epicentro y responsable de la crisis, como el mismo Barack Obama reconoció, sino y principalmente porque lo que está en juego es la posición dominante del dólar en el tablero monetario internacional, que incluso podría estar en una larga fase de declive terminal.

¿Qué es lo que se intenta señalar con esto? ¿Existe alguna contracara de este proceso? Pues bien, el revés de la declinación del poder de la moneda norteamericana como eje central de las finanzas mundiales es el lento pero sostenido ascenso de la moneda china: el yuan. De allí que la presión del gobierno chino por des-dolarizar la economía irá tomando cada vez mayor fuerza. Zhou Xiaochuan, gobernador del banco central chino, ya abogó de manera explícita por la creación de un nuevo sistema global de reserva para hacer frente a las necesidades de liquidez en la economía mundial. Así, los acuerdos swap firmados entre China y otros seis países hasta la fecha (de los cuales el último se concretó con Argentina tres días antes de la cumbre en Londres), por una cifra de 650.000 millones de yuanes -lo equivalente a unos 95.000 de dolares- deben leerse inequívocamente en este sentido.

China ha puesto en tela de juicio el papel del dólar en la economía mundial y parece estar dispuesto a disputar ese espacio. Sin embargo, el camino que ha de seguir es sumamente delicado porque ambos países, y con ello el mundo entero, penden ahora de una suerte de simbiosis monetaria y financiera. De los 11 billones de dolares que adeuda el Tesoro de Estados Unidos, el principal acreedor, y por ende interesado en que no se dude de la posibilidades de pago generándose así una corrida, es China. Si la “Gran Burbuja”, que representa la emisión ilimitada de bonos de la Fed, sobre la que se basa todo intento de recuperación de la economía norteamericana (y exportando de paso la inflación que genera) llegase a explotar, la crisis actual sólo sería un inocente juego de niños comparado a lo que vendría.

Afirmar el pronto ocaso del dólar, y el surgimiento de un nuevo orden mundial, tal vez sea algo apresurado. Por lo pronto, conviene entonces ir rastreando e interpretando las señales que anuncien lo que vendrá…




* Licenciado en Relaciones Internacionales (UCA), docente universitario e investigador del Instituto de Formación Política “Raúl Scalabrini Ortiz”.


(1) En “Informe Semanal”, programa televisivo de TVE.

(2) Molnar, Thomas: “Nación y Humanidad”, Revista Verbo, Madrid 1989.

martes, 2 de diciembre de 2008

Cuestión de fe



*Por Javier Arakaki

La crisis que por estos días se expresa a través de los indicadores bursátiles es, en primera y en última instancia, una “cuestión de fe”.

Es la “fe” en que mañana me pagues lo que me lleva a “fiarte” una mercancía. El sujeto o el objeto que es contraparte en dicho acto es, por ello mismo, digno de nuestra “confianza”. Ejemplo 1: si tengo “fe” en el dios cristiano, es decir, si “confío” en ese dios, entonces le “fío” mis acciones vitales esperando de él una devolución con creces tras la muerte abriéndonos las puertas del paraíso. Ejemplo 2: si le tengo “confianza” a un cliente, le puedo “fiar” mi mercancía en la “fe” de que mañana me va a traer el dinero.

Si un sujeto nos despierta “fe”, pues entonces “creemos” en él, es decir: le otorgamos nuestro “crédito”. El otorgamiento de “créditos” a cambio de demostraciones de “confiabilidad”, es el engranaje central del sistema financiero.

El sistema financiero funciona financiando acciones potenciales en la “fe” de que mañana van a convertirse en realidad. Ese es el ABC de la lógica de toda transacción bancaria; tanto de parte del banco como de parte del cliente. Si el cliente no tiene “fe” en el banco, no le “fía” su dinero. Si el banco no tiene “fe” en el cliente, entonces no le da “crédito”.

Por eso no nos asombra leer en los titulares de los grandes diarios de todo el mundo que el gobierno de los EEUU, o la FED, o la UE buscan medidas que le devuelvan la “confianza” a los mercados.

La crisis actual es, en primera y en última instancia, una cuestión de fe.

La fe es ante todo un acto de “atribución”. Un sujeto le “atribuye” determinadas cualidades a otro sujeto o a un objeto, y le otorga así su “confianza”.

La fe en alguien o algo no es una cualidad de ese alguien o de ese algo, sino el proceso de “atribución de fe” que los otros hacen sobre ese alguien o ese algo.

La “divinidad” de un profeta o del Santo Sudario no es una cualidad propia de los mismos, sino un acto de atribución de cientos de miles.

Lo mismo sucede, por ejemplo, con el papel-moneda. Originariamente expresaba un medio de intercambio por otra mercancía a la cual se le atribuyó durante mucho tiempo la “divinidad de la riqueza”: el oro. Con el correr de los años, dicha atribución se volcó directamente al mismísimo “papel-moneda”. Y desde la instauración del Nuevo Orden Mundial tras los bombardeos atómicos de 1945, el U$S fue erigido como el nuevo ídolo de la fe.

Los acuerdos de Bretton Woods fueron para el capitalismo financiero lo que el Concilio de Nicea para el cristianismo antiguo: el aval del gobierno del Imperio para su propagación legal.

El U$S se erige como nuevo ídolo de la fe occidental avalado por dos grandes catedrales: el FMI y el BM. Y a partir de entonces cientos de miles de sujetos en todo el mundo le “atribuyeron” al papel-moneda dólar la “divinidad de la riqueza”.

Hoy se estrellan contra la tierra los falsos fundamentos de esa religión. El U$S aumenta en la Argentina porque los fieles “no pueden creer” lo que está sucediendo; y lo siguen adorando. Los indicadores bursátiles muestran también el fin de la hegemonía de los acuerdos de Bretton Woods, y con ello la apertura hacia un vacío político, ideológico y hasta existencial del imperio que aun conserva su poder de fuego.

Una vez más: dios ha muerto.


* Lic. y Prof. de Sociología (UBA). Docente de nivel polimodal en escuelas del sur del GBA.